





Estoy en donde no estoy en el Anáhuac plateado,
y en su luz como no hay otra peino un niño de mis manos.
En mis rodillas parece
flecha caída del arco,
y como flecha lo afilo meciéndolo y canturreando.
En luz tan vieja y tan niña siempre me parece hallazgo, y lo mudo y lo volteo
con el refrán que le canto.
Me miran con vida eterna sus ojos negri-azulados,
y como en costumbre eterna,
| Resinas de pino-ocote van de su nuca a mis brazos, y es pesado y es ligero de ser la flecha sin arco… Lo alimento con un ritmo, y él me nutre de algún bálsamo que es el bálsamo del maya del que a mí me despojaron. Yo juego con sus cabellos y los abro y los repaso y en sus cabellos recobro a los mayas dispersados. Hace doce años dejé a mi niño mexicano; pero despierta o dormida yo lo peino de mis manos… ¡Es una maternidad que no me cansa el regazo, y es un éxtasis que tengo de la gran muerte librado! Gabriela Mistral |
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